contra las introducciones letrasartel

20 sept 2011

Oficinista

Ya me aprieta la camisa, llevo un rato sin hablar…
Enfrascada en esta guisa que me importa, bien poco más…
Ya no es sólo el uniforme, ni la soga al cuello, ni el bozal…
Como voy a estar conforme si lo más que puedo protestar…
Es con un bostezo ante el ordenador…

Soy oficinista, una gran aspiración…

Pasadizos monocromos por donde andan las hormigas,
Cuya reina está escondida, bien custodiado su trono…
Ya no sé si es que a estas cajas les colocan filtros grises…
Acorde con las mamparas, la moqueta y los tristes…
Que poblamos este claustro de hormigón…

Soy oficinista, una gran aspiración…

Tengo asiento ergonómico, no me puedo quejar…
Aunque me preocupa una cuestión…
Si él se adapta a mi cuerpo o si yo me he transformado en sillón…
Al final de la jornada voy sin sangre a la salida…
Hasta siempre mi querida oficina…

Soy oficinista, una gran aspiración…
Para un futuro con vistas, hay que tener ambición…

No es esto

No es esto…
Es comprender, es escuchar, es confiar, es no volver la vista atrás…
Es no pedir nada a cambio, es arreglar lo estropeado y no tirarlo…
Es verse en lo oscuro y en lo claro, es saltar por encima de los charcos y es mirar…
Sobre los tejados…

Hay que olvidar la batalla, el dolor, la huella de la metralla…
Hay que alzar bandera blanca…
Hay que buscar la clave, dejar al corazón que hable, guardar…el sable…

Y es que oye, no, que no es esto…
Son buenos y malos momentos…
Latidos rápidos y lentos…
Senderos anchos y estrechos…
Puertas de entrada y de salida…

Y es que en tierra baldía, no hay sombras.
En el lago seco, no hay olas.
Y sin lluvia no hay…amapolas.

¿Prefieres una construcción sin curvas y una fachada sin grietas?
Ahí os quedáis, tú y tu calma.
¿Prefieres un atardecer sin nubes y un cielo sin tormentas?
Ahí os quedáis, tú y tu calma.
Lo bonito de la oscuridad son las estrellas…ahí…te quedas…

Y es que en tierra baldía, no hay sombras.
En el lago seco, no hay olas.
Y sin lluvia no hay…amapolas, amapolas, amapolas….

Fácil

Fácil es
elegir un número del uno al diez.
Un caramelo y un juguete
para los otros nueve.
Mientras se callen, todo va bien.

Fácil es
acatar la orden de tu mandamás.
Él es el responsable
de los daños colaterales.
Mientras no mire nadie, todo va bien.


Lo que no es fácil es morder cada manzana
con la misma ansia
que la primera vez.
Y es que no es fácil despertar cada mañana,
con buen pie.


Fácil es
derramar un vaso cuando no hay sed.
El agua fluye deprisa,
siempre elige las mimas vías.
Mientras no llore nadie, nada que hacer.

Fácil es
añorar aquello que sabes, va a volver.
Saberlo bien atado
como el perro que va a tu lado.
Mientras no huela un rastro, no hay qué temer.



Lo que no es fácil es regar siempre las plantas
con las mismas ganas
que tuviste ayer.
No es fácil deshacer cada noche la cama,
para volverla a hacer.

Lo que no es fácil es morder cada manzana
con la misma ansia
que la primera vez.
Y es que no es fácil despertar cada mañana,
con buen pie.

Intuiciones

Neblina confusa y ausente,
Infiel tras mis pasos, valiente,
Traidora, fugaz y engañosa,
Con su juego de luces y sus ávidas sombras.

Calambres retuercen mi cuerpo,
Punzadas pervierten mi sangre,
Mi voz impotente, se pierde difusa en el gélido ambiente.

Un miedo sin rostro ni nombre,
Acecha de frente, prohibido,
Clavando, mas bien limitando,
Con sus cuencas vacías y su voz sin sonido.

Murallas detienen mis pasos,
Montañas agotan mis piernas,
Mis ganas marchitas, se pierden frustradas en la luz sin salida.



Macabros sucesos perturban mi ser,
Ensueños externos que no puedo preveer,
Profundos recuerdos, imágenes cambiantes,
Locura sin palabras de ignorado sentido.
Quizá la muerte, callada y mordaz.

Cama para una

Jamás le había gustado la palabra solterona. Aunque había sido una decisión suya, no se sentía orgullosa de no haberse casado. No era una de esas “abuelas” vírgenes que se jactaban de no haber conocido varón. Es más, ella estaba segura que todas esas, cada noche, al igual que ella, soñaban con una cama grande en la que caben dos personas aún sin rozarse… Aunque nunca había sido una mujer hermosa, no se imaginaba acabar como aquellas que en su adolescencia eran motivo de burla para ella y sus amigas. De hecho, tuvo un par de pretendientes, lo que pasa que no le gustaban. En su época ya estaba cambiando la conciencia acerca de “casarse con lo que fuera con tal de casarse”. Ella quería encontrar un hombre adecuado, ni siquiera pensaba en ningún requisito imprescindible, sino que simplemente le gustara. Según iba creciendo, había visto como mujeres mucho menos agraciadas que ella encontraban hombres buenos, buenos para ellas claro, porque a pesar de todo, sólo conoció a un hombre que realmente le encogiera el pecho una vez en su vida. Era un hombre del barrio, uno más, el cual ella era consciente que no poseía nada de extraordinario, pero le gustaba. Le gustaba su forma de andar y también su forma de detenerse a mirar las tiendas o a charlar con algún conocido, su manera atenta de observar la calle, los pájaros y su distraída atención hacia las personas… Le resultaba en cierto modo enigmático, poco corriente. Iba siempre impecablemente arreglado, con sus zapatos bien lustrosos y su corbata recta, como una flecha directa hacia el suelo, y sin embargo, siempre llevaba el pelo como si recién llegara del frente. Ella hacía todo lo posible por cruzarse con él, hasta el punto de convertir sus recorridos en los mismos que la rutina de él exigía. Empezó a saludarle, y él, al principio con asombro y luego con la naturalidad con que se saluda a la gente en el barrio, se lo devolvía. Cada nuevo saludo era para ella una prueba más de que su turno había llegado, una de esas florecillas que, aunque insignificantes, evidencian que la primavera está a la vuelta de la esquina. Un día, él se mostró especialmente sonriente al saludarla, y añadió al acostumbrado “Buenos Días” un “¿Cómo está?” que para ella fue poco menos que una promesa de amor eterno. Siguió caminando, notando en su rostro el calor de la vergüenza, sintiendo que sus manos apoyadas en el pecho iban a salir disparadas por el impulso de sus latidos… Decidió dar la vuelta, ir a buscarle, proponerle que tomaran un café o algo así, no sabía lo que iba a decir mientras sus piernas se giraban siguiendo órdenes que su cabeza no tenía conciencia de estar dando. Apresuró el paso. La palabra compostura desapareció de su lenguaje y allí lo tenía otra vez, delante suyo, ahí estaba esa espalda recta con su elegante chaqueta, cubriendo perfecta esos hombros que ella imaginaba poderosos… Apenas le separaban unos metros de él cuando de pronto, salió al paso un hombre al que él se paró a saludar efusivamente. Paró en seco. Su indiscreción fue como una gran roca que de pronto le impedía seguir andando. Sintió de nuevo el calor de la vergüenza siendo esta vez un fuego que quemaba todos sus acuciantes ensueños. Retomó el paso, lentamente. – Enhorabuena- oyó de la boca de aquel hombre interpuesto entre sus planes. – Ha elegido usted a una gran mujer, les deseo lo mejor.-….

Esa tarde, mientras se acicalaba ante el espejo, recordaba aún aquellas fatídicas palabras. El desmayo fue lo de menos. El roce de sus manos mientras la ayudaba a levantarse y su insistente compañía hasta la puerta de su casa la derrumbaron por completo. Eso había sido lo más cerca que jamás había estado de un hombre. Ya no le importaba su aspecto. Ya no pretendía que nadie se fijara en ella, a pesar de lo cual, tuvo aún un segundo pretendiente. Con el paso del tiempo, la resignación se convirtió en su mayor sostén ante su creciente soledad. La injusticia era para ella la palabra que mejor describía el amor. Sin embargo, esta tarde ante el espejo, se sentía guapa. La madurez le sentaba bien. Así se lo decían sus amigas, casadas todas ellas y en quienes la vejez estaba empezando a mostrar su afán protagonista. Últimamente, en su paseo diario, notaba miradas que se posaban en ella con un interés más allá de la simple curiosidad. Estaba recuperando la esperanza. Aunque acostumbrada a la soledad, no había hecho de ella su amiga. Así pues, sus paseos se hicieron más largos. Los límites del barrio se abrieron y empezó una carrera contra los síntomas de la vejez. Gastaba todo su dinero en productos de belleza, en cremas innovadoras que empezaban a aparecer. Sentía renacer su juventud, y con ella, sus posibilidades de encontrara el anhelado amor.

Aquella tarde pues, había decidido dar un paso más en su paseo y tomar el metro, inaugurado hacía ya años pero al que nunca había tenido la necesidad de acudir. Resplandecía en el espejo. Dio varias vueltas antes de estar del todo satisfecha. Y ahí estaba. Aturdida y a la vez maravillada ante la gran cantidad de gente concentrada en el suburbano. Por doquier rostros de distintos colores y edades, cruzándose desconocidos. Llegó al andén. Apenas tuvo que esperar a que llegara el tren. Se dispuso por fin a entrar y el repentino sonido del silbato le hizo dar un pequeño traspiés al entrar en el vagón. Acto seguido quedó paralizada. Otra vez aquel fuego de vergüenza quemando sus ensueños…



Cada día estaba más convencido de que era en los detalles más pequeños en donde se estaba perdiendo la humanidad. La gente ya no respetaba al de al lado. Las grandes ciudades con sus grandes aglomeraciones habían hecho del de al lado, del próximo (prójimo), un completo desconocido. A nadie le importaban los problemas de los demás, cuando alguien tenía un accidente, la mayor preocupación popular era que los servicios de limpieza restablecieran la normalidad. La sangre era más que nunca anónima. El metro le daba mucho que pensar en este aspecto. Era curiosa la relación interpersonal en un espacio cerrado como el vagón, donde nadie se conocía pero se podía sentir el roce del de al lado, su olor… Pensando estaba cuando, en una parada, una señora mayor tropezó a la entrada. No es que fuera muy vieja, pero él era una de esas personas que acostumbran a ceder el sitio a sus mayores, y cuando vio la dificultad de la señora, no dudó en levantarse y cederle el asiento. La cara de desconcierto de ella le hizo insistir, y la tomó del brazo guiándola hasta el asiento. Se sintió bien. Todavía le quedaban bastantes paradas y la verdad que ese día estaba cansado, con ganas de sentarse, pero creía en la importancia de aquellos gestos, confiaba en la importancia de que la gente los viera, de que fuera algo corriente observar ese tipo de situaciones. Volvió su mirada hacia la señora. Ahora si le pareció anciana, no tanto por su aspecto como por la expresión de su cara. – Esa señora necesitaba sentarse de veras-…



La huella de las lágrimas sobre su piel, limpia ya de maquillaje y de cremas, le hizo verse muy vieja. Sí, había vuelto a estar igual de cerca de un hombre que aquel día, de nuevo llevándola del brazo hasta su necesitado reposo… Se acostó, sin ganas de dormir ni de levantarse, estirando los brazos para notar de nuevo la estrechez de su cama para uno, la estrechez de la cama de una solterona…



“Señora de 56 años muerta sola en su casa”
A. F. D. había fallecido hace una semana, dado el estado avanzado de descomposición del cadáver. Los vecinos avisaron a la policía cuando advirtieron el desagradable olor. Este es un caso más que confirma la triste estadística de…
- Qué lamentable...- pensaba mientras leía el titular y apenas dos frases de la noticia. – Efectivamente, una de las iniciales que cada año mueren solas…

Diario lisboeta

21/04

El sol no salió a despedirnos.

Cascadas cercaban la marcha del autobús.

El verde del sol cortaba el cielo negro, un verde como el de sus ojos. Telma...
Hablar no es pensar, ni recordar, ni esperar paciente a ninguna lógica olvidada...
Quizá sea solo un soplido incesante, de un viento que no sabes de dónde viene, ni a dónde va,
(y al que nunca debes seguir para orientarte...)

El problema era que el sol nos estaba esperando allí...

Nuestro destino parecía querer que subiéramos hasta él... Bairro alto
(y es que aún no se ha inventado la escalera al cielo...)

Siempre es más fácil descender al infierno, más bien al lugar dónde ambos se confunden, se conectan, se entremezclan...
El cuerpo se malvende tras un jardín real que guarda el cielo en un finísimo charco.
Y es que los animales también se violan en grupo en el paraíso tropical.
Paraíso que también está cerrado con llave, (igual que las cárceles)

Aterrorizado, el sol se escondió, acosado y confundido por un millón de reflejos fugaces, de grandeza incrustada sobre las miserias monumentales.

(Nada que no se solucione siendo un buen guiri, alguien con mucho dinero y que prefiere invertir en un millón de pares de calcetines...)

Un callejón puede ser un lugar romántico hasta que desemboca el torrente.
Y es que desde la cama se escucha mejor la música de la lluvia…



22/04

Los buenos guiris también son sordos (y mudos).
(Aunque no son ciegos, robar panes fue una sutil maniobra)

Aún el sol no se asoma con seguridad. (Pues ahora somos nosotros los que vamos a esconder la cara, (y los ojos))

Todo se hace gris tras el destello de la luz directa.
La luz suave es más fiel consejera.

Estampas lisboetas, plaza de las flores con collages de azulejos
que compiten por mezclar los más suaves trampantojos.

La tradición no descarta las nuevas tecnologías, y es que para qué gastar voz teniendo el pequeño aparato...
No vale la pena mover de su puesto a tan dignos estandartes de un poder que realmente no ha cambiado tanto como aparenta.
“El Palacio de Sao Bento, ya que estás aquí, te cuento”

Lo interesante sería que las estatuas nos imitaran a nosotros...
(¿o que nosotros imitemos a las estatuas?)

Un bosque de un solo árbol en un pequeño rincón de una gran ciudad...
Incluso hay hueco para un descanso eterno... (La descomposición es un hecho cotidiano en la naturaleza.)

Escenario perfecto para la “fotópica” del viajero-aventurero...

La naturaleza contagia al mobiliario.

Un tranvía sin ley, donde las preguntas se dirigen a una mampara de cristal.
Demasiados idiomas hacen el zumbido indistinguible.

La bahía despojada, como aquel que sólo es útil pero no amado…
Así tiene acompañantes que la recorren siendo, como ella, grises y silenciosos.

En Belem, la riqueza y el negocio se encierran en un pequeño pastelito,
(caliente, ese es su secreto…)

El arte mapea el mundo, mucho más allá de su superficie.
Y a menos de una legua, reposan los restos del intento del hombre por controlar el mar,
muertos,
expuesta su miseria como reliquia.

Debajo de los árboles no llueve, sólo empieza cuando la nada nos rodea.
“Hay un barco a lo lejos;
si lo pasas y sigues recto,
está mi casa…”
Allí parece que hace sol. (Lo distingo)

Hay castillos cuya elegancia no distingue entre inacabados y ruinas.

Los parques se cercan con rejas carcelarias (si pudieran, ya se habrían escapado los árboles…)

La noche se tiñó de vino y España
Aunque intentaran imponer la droga en nuestro paseo.


23/04

El sol ha encontrado una cueva agradable. La lluvia campa a sus anchas, y no escampa.

Las piedras antiguas se conservan en (cajones de madera dentro de armarios de madera colocados en habitaciones de madera que pertenecen a) edificios antiguos hechos con piedra…

Encontrar grandes huesos nos hace creernos más grandes,
cuando lo que evidencian,
es nuestra pequeñez.
Pequeña, arrugada y blanquecina es la pasión que ordena y clasifica todos esos restos que quizá debieron sucumbir en su sepultura…

¿Existen cajones infinitos?
No quiero ver el futuro de pasillos entre cajones de restos conservados (en conserva).

Hace mucho tiempo ya pensaron que la solución era horadar el cerebro…
(Quién sabe si para convertirlo en cajón)

Las sales de baño encierran un principio psicotrópico (aunque siempre llega más rápido por la nariz…)

El atún y las sardinas olvidan sus rivalidades en la boca hambrienta. (Cadáveres y vino color sangre como combustible para llegar al cementerio)

Una casa pequeña en el descanso más largo;
aunque ostentosa, (y de piedra):
que envejezca despacio.
La cruz simbólica exige árboles amputados para lograr su forma.
Y la sangre sigue corriendo hasta la noche…

La casualidad y el inglés hacen que esta noche aumentemos.
Noche de fado y borrachera, voces temblorosas y potentes llegan exhaustas ante un amanecer cuesta arriba… (Bairro alto)


24/04


Los ecos de la noche anterior se repiten en mi estómago. Temo al tren…
Un reposo aderezado de gas y fruta me recompone.

La mandíbula se desmadra recordando lo de anoche.

Así es como el diccionario se enriquece y usamos el “ceniceiro” por estar “un poco tolays” y al mismo tiempo “tentados de risa”. Y es que realmente “no estamos carburando bien”, por eso, “¡¡¡métete lo de los bomberos entre las piernas!!!” (y así también regalamos carcajadas a las paseantes…)

El jardín ordenado aparenta lo salvaje. La calma de Sintra se expande pendiente abajo.

El trayecto de vuelta atraviesa la ciudad socialmente y distinguimos,
tras la lluvia y a través de un “rayo-iris”,
las chabolas y barracas (que son de color negro)
y donde la charla,
no cabe dentro.

La risa se funde en lágrimas y es que la resaca aún nos arrastra… El mundo se vuelve delicioso… “¡Ahhhh, me encanta!”

(El cerebro está en stand-by)

Tras el campo se anuncia el “próximo paragem” : la ciudad.


25/04

A la cita con la playa el sol también vino (¡por fin!)
Los cuerpos se nutren de sal y calor.

Cascais…cascais…cascais…
Y es que el canto, aunque monótono, alegra la monótona jornada de trabajo…

Boca del infierno.
¿Acaso no es hermoso el quejido de las rocas y el agua que se funden?
Es un encuentro violento y sensual en el que la penetración duele y gime y que, sin embargo, prefiero al supuesto canto celestial.

Aquí sí pasaría la eternidad,
hipnotizada…