contra las introducciones letrasartel

20 sept 2011

Cama para una

Jamás le había gustado la palabra solterona. Aunque había sido una decisión suya, no se sentía orgullosa de no haberse casado. No era una de esas “abuelas” vírgenes que se jactaban de no haber conocido varón. Es más, ella estaba segura que todas esas, cada noche, al igual que ella, soñaban con una cama grande en la que caben dos personas aún sin rozarse… Aunque nunca había sido una mujer hermosa, no se imaginaba acabar como aquellas que en su adolescencia eran motivo de burla para ella y sus amigas. De hecho, tuvo un par de pretendientes, lo que pasa que no le gustaban. En su época ya estaba cambiando la conciencia acerca de “casarse con lo que fuera con tal de casarse”. Ella quería encontrar un hombre adecuado, ni siquiera pensaba en ningún requisito imprescindible, sino que simplemente le gustara. Según iba creciendo, había visto como mujeres mucho menos agraciadas que ella encontraban hombres buenos, buenos para ellas claro, porque a pesar de todo, sólo conoció a un hombre que realmente le encogiera el pecho una vez en su vida. Era un hombre del barrio, uno más, el cual ella era consciente que no poseía nada de extraordinario, pero le gustaba. Le gustaba su forma de andar y también su forma de detenerse a mirar las tiendas o a charlar con algún conocido, su manera atenta de observar la calle, los pájaros y su distraída atención hacia las personas… Le resultaba en cierto modo enigmático, poco corriente. Iba siempre impecablemente arreglado, con sus zapatos bien lustrosos y su corbata recta, como una flecha directa hacia el suelo, y sin embargo, siempre llevaba el pelo como si recién llegara del frente. Ella hacía todo lo posible por cruzarse con él, hasta el punto de convertir sus recorridos en los mismos que la rutina de él exigía. Empezó a saludarle, y él, al principio con asombro y luego con la naturalidad con que se saluda a la gente en el barrio, se lo devolvía. Cada nuevo saludo era para ella una prueba más de que su turno había llegado, una de esas florecillas que, aunque insignificantes, evidencian que la primavera está a la vuelta de la esquina. Un día, él se mostró especialmente sonriente al saludarla, y añadió al acostumbrado “Buenos Días” un “¿Cómo está?” que para ella fue poco menos que una promesa de amor eterno. Siguió caminando, notando en su rostro el calor de la vergüenza, sintiendo que sus manos apoyadas en el pecho iban a salir disparadas por el impulso de sus latidos… Decidió dar la vuelta, ir a buscarle, proponerle que tomaran un café o algo así, no sabía lo que iba a decir mientras sus piernas se giraban siguiendo órdenes que su cabeza no tenía conciencia de estar dando. Apresuró el paso. La palabra compostura desapareció de su lenguaje y allí lo tenía otra vez, delante suyo, ahí estaba esa espalda recta con su elegante chaqueta, cubriendo perfecta esos hombros que ella imaginaba poderosos… Apenas le separaban unos metros de él cuando de pronto, salió al paso un hombre al que él se paró a saludar efusivamente. Paró en seco. Su indiscreción fue como una gran roca que de pronto le impedía seguir andando. Sintió de nuevo el calor de la vergüenza siendo esta vez un fuego que quemaba todos sus acuciantes ensueños. Retomó el paso, lentamente. – Enhorabuena- oyó de la boca de aquel hombre interpuesto entre sus planes. – Ha elegido usted a una gran mujer, les deseo lo mejor.-….

Esa tarde, mientras se acicalaba ante el espejo, recordaba aún aquellas fatídicas palabras. El desmayo fue lo de menos. El roce de sus manos mientras la ayudaba a levantarse y su insistente compañía hasta la puerta de su casa la derrumbaron por completo. Eso había sido lo más cerca que jamás había estado de un hombre. Ya no le importaba su aspecto. Ya no pretendía que nadie se fijara en ella, a pesar de lo cual, tuvo aún un segundo pretendiente. Con el paso del tiempo, la resignación se convirtió en su mayor sostén ante su creciente soledad. La injusticia era para ella la palabra que mejor describía el amor. Sin embargo, esta tarde ante el espejo, se sentía guapa. La madurez le sentaba bien. Así se lo decían sus amigas, casadas todas ellas y en quienes la vejez estaba empezando a mostrar su afán protagonista. Últimamente, en su paseo diario, notaba miradas que se posaban en ella con un interés más allá de la simple curiosidad. Estaba recuperando la esperanza. Aunque acostumbrada a la soledad, no había hecho de ella su amiga. Así pues, sus paseos se hicieron más largos. Los límites del barrio se abrieron y empezó una carrera contra los síntomas de la vejez. Gastaba todo su dinero en productos de belleza, en cremas innovadoras que empezaban a aparecer. Sentía renacer su juventud, y con ella, sus posibilidades de encontrara el anhelado amor.

Aquella tarde pues, había decidido dar un paso más en su paseo y tomar el metro, inaugurado hacía ya años pero al que nunca había tenido la necesidad de acudir. Resplandecía en el espejo. Dio varias vueltas antes de estar del todo satisfecha. Y ahí estaba. Aturdida y a la vez maravillada ante la gran cantidad de gente concentrada en el suburbano. Por doquier rostros de distintos colores y edades, cruzándose desconocidos. Llegó al andén. Apenas tuvo que esperar a que llegara el tren. Se dispuso por fin a entrar y el repentino sonido del silbato le hizo dar un pequeño traspiés al entrar en el vagón. Acto seguido quedó paralizada. Otra vez aquel fuego de vergüenza quemando sus ensueños…



Cada día estaba más convencido de que era en los detalles más pequeños en donde se estaba perdiendo la humanidad. La gente ya no respetaba al de al lado. Las grandes ciudades con sus grandes aglomeraciones habían hecho del de al lado, del próximo (prójimo), un completo desconocido. A nadie le importaban los problemas de los demás, cuando alguien tenía un accidente, la mayor preocupación popular era que los servicios de limpieza restablecieran la normalidad. La sangre era más que nunca anónima. El metro le daba mucho que pensar en este aspecto. Era curiosa la relación interpersonal en un espacio cerrado como el vagón, donde nadie se conocía pero se podía sentir el roce del de al lado, su olor… Pensando estaba cuando, en una parada, una señora mayor tropezó a la entrada. No es que fuera muy vieja, pero él era una de esas personas que acostumbran a ceder el sitio a sus mayores, y cuando vio la dificultad de la señora, no dudó en levantarse y cederle el asiento. La cara de desconcierto de ella le hizo insistir, y la tomó del brazo guiándola hasta el asiento. Se sintió bien. Todavía le quedaban bastantes paradas y la verdad que ese día estaba cansado, con ganas de sentarse, pero creía en la importancia de aquellos gestos, confiaba en la importancia de que la gente los viera, de que fuera algo corriente observar ese tipo de situaciones. Volvió su mirada hacia la señora. Ahora si le pareció anciana, no tanto por su aspecto como por la expresión de su cara. – Esa señora necesitaba sentarse de veras-…



La huella de las lágrimas sobre su piel, limpia ya de maquillaje y de cremas, le hizo verse muy vieja. Sí, había vuelto a estar igual de cerca de un hombre que aquel día, de nuevo llevándola del brazo hasta su necesitado reposo… Se acostó, sin ganas de dormir ni de levantarse, estirando los brazos para notar de nuevo la estrechez de su cama para uno, la estrechez de la cama de una solterona…



“Señora de 56 años muerta sola en su casa”
A. F. D. había fallecido hace una semana, dado el estado avanzado de descomposición del cadáver. Los vecinos avisaron a la policía cuando advirtieron el desagradable olor. Este es un caso más que confirma la triste estadística de…
- Qué lamentable...- pensaba mientras leía el titular y apenas dos frases de la noticia. – Efectivamente, una de las iniciales que cada año mueren solas…

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