La emoción se gesta en silencio.
A base de impulsos, que gritan
como voces anónimas en su desesperada soledad,
sin ser escuchados.
El murmullo se acerca,
se dispara la alerta
ante la inminente explosión.
El equilibrio desaparece,
no hay orden en el ojo del torrente…
Qué belleza la del agua batiendo las rocas,
qué arrogancia la del fuego engullendo las horas…
Risa ante la muerte, llanto ante la vida.
Patéticas marionetas
de agitaciones físicas,
“ridículas” cuando “débiles”,
ceden su cuerpo ante esa fuerza arrolladora.
Que inútil fortaleza.
Qué absurda la muralla cuando la fuerza viene de dentro.
Qué innecesario el abrigo cuando el frío y la humedad, han calado en los huesos.
La oscuridad cobija al vértigo.
Otorga secreto
a los que reparan piedra a piedra,
sol a sol y luna tras luna,
su muralla absurda, autodestruida…
Pero también ampara al vanidoso,
al volcán que sólo erupciona de noche
para contemplar extasiado el brillo de la lava, de su lava,
iluminando los rostros de los que elogian, envidiosos,
su valor ante su emoción desbocada.
Admiración,
para quién destapa lo que todos sienten, lo que todos tienen,
quién se descubre o, simplemente,
no tiene nada que tapar,
quizá nada que mostrar…
Pero no esconde.
No entierra bajo montañas de arena
haciendo la salida algo incómodo, picajoso, molesto,
y finalmente,
demasiado insignificante para tanto esfuerzo.
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