Empapada
del veneno de su ser.
Ignorado tras sonrisas,
descansando tras penurias inventadas en silencio.
Artificios encarnados en sumisas niñerías,
siendo nítido lo absurdo
y borroso lo adecuado.
Destellos reflejados
en acuoso vidrio triste.
Tu ceguera inteligente,
mi existencia atormentada.
La tortura inaparente
que desgarra mi cordura.
Me descargo mareada,
puerilmente pecadora.
Mi agonía escandalosa
con su idioma de color,
(tornasol con graduación),
de un dolor que no se marcha,
que palpable, me desgasta.
Que culpable la inocencia,
negación o disimulo;
cruz y cara inexpresiva.
Rayo lívido y lejano
no ilumina travesías,
que asumidas eliminan
esperanzas que en mi espalda
se amontonan encorvando mi alma enferma y decadente,
que envejece prematura;
sin escrúpulos pagada
por la fuerza del más débil.
Fiel actor de su novela.
Tinta roja el argumento,
indeleble en piel desnuda,
e imborrable en la memoria.
No hay comentarios:
Publicar un comentario